Se le indica a Dimitri que un grupo de Aliados resarcidos y nostálgicos querían reavivar el fuego extinto de la segunda guerra mundial, haciendo detonar el disco del popular “curling” para desatar una ola de inseguridad y de desconfianza generalizada, caldo de cultivo para justificar invasiones y ataques.
Esta vez Dimitri, caracterizado de pastorcilla caprina fan de Franz W. Waidhoffen (capitán del equipo nacional de Curling) se traslada a los Alpes Peninos, donde vive con un supuesto abuelo en la soledad de la montaña durante cuatro meses, y sólo asiste a los partidos de su “equipo favorito” debidamente embanderada. Nada se advertía desde el público, ni desde la lejanía, nada que hiciese sospechar algún movimiento fuera de lo esperado, todo transcurría con normalidad. Por tal motivo consiguió el puesto de porrista del equipo. Luego de ubicar las sesenta y siete cabras consumó el puesto, y en la primer semana de trabajo, alternando con todo el ambiente curlinero, logró detectar diálogos de ambigua interpretación. Sospechando hasta de su sombra, clavó la sospecha en el mismísimo Franz. W. Waidhoffen (en la foto, se lo ve en agachada).
Con ardides seductores ganó la confianza del caballero, quien invitó a la caracterizada pastorcita y porrista a un night club de los más bajos fondos, Dimtri entabló un diálogo fluido con el falso austríaco sin levantar sospechas. El espía ruso rechazó innumerables copas durante cinco horas, viendo beber al yankee hasta que su pulso se aflojó y logró desprenderle del puño una misteriosa bolsa de nylon, con la que disimuladamente fue hacia el baño de damas. En la bolsa había ni más ni menos que una pesada granada de mano camuflada dentro de un disco de curling. De más está decir que Dimitri, master en desactivación de explosivos, dejó al artefacto “obsoleto” en un abrir y cerrar de ojos. Habiendo terminado su labor por aquella jornada, volvió a la barra a tomarse todo lo que antes había visto pasar, y más, para festejar el éxito de su misión
Así lo hizo, y ya en tierra ibérica el propio maletero lo llevó hacia el Monte del Baratillo. Lo esperaba su contacto en la Plaza de Toros de La Real Maestranza de Sevilla, para entregarle una parte de la información sobre la próxima misión: la otra mitad de los datos estaba en poder de un camarada anónimo, quien la arrojaría durante la corrida de ese día. Dimitri no sabía en qué momento y bajo qué forma le llegaría esa información, así que por vez primera se enfrentó al desafío de torear frente a una plaza colmada. A pesar de su maestría con el capote, la bravura de aquel toro no le daba respiro para estar atento a la señal desde los palcos. Transcurrida media hora, y ya con el animal a punto de ser estoqueado por la aorta, un destello le encandiló la vista. Desde un costado del Palco Real, un sujeto con un espejo en la mano derecha y un pequeño paquete envuelto en un pañuelo de seda, le hizo señas para que se acerque.