El Diario completo apareció dentro de un cofre que los alumnos de A.C.M.elO.G.T. encontraron junto al cañon hallado recientemente en las profundidades de nuestro lecho marino. Luego de constatar que no poseía monedas de oro ni tesoro alguno, lo remitieron al Equipo de Arqueología Subacuática del Movimiento N.E.G.R.A. para su recuperación, conservación y estudio. Concientes del valor testimonial que este diario tiene para la humanidad, iremos publicándolo en sucesivas entregas, para evitar que se sature la güev.
Hoy, 12 de octubre, en un nuevo aniversario de San Griento en todo el continente americano, publicamos los manuscritos del 30 de septiembre y 1º de octubre de 1492, histórico momento de la llegada de la Cuarta Carabela a nuestra Isla, hoy AQLM Áilan:
Domingo treinta del mes de xeptiemvre del año de Nuestro Señor Jesuscristo un mil cuatroscientos noventa y dos:
Navegamos camino al güeste a diez millas por hora, ayudados milagrosa y grandemente por la corriente. Cuasi no queda yerva de jumar ni bocado alguno que probar. La tripulación vive nerviosa y espera ver tierra y ha días con sus noches que no haxen otra cosa que lamentarse y elucubrar motines y toda clase de revueltas, amén de celebrar varias partidas de naipes en cada turno. Túrnanse para montar guardia en la popa hazta que algún paxarillo se acerca al navío, cuando arrójanle redes para cazarlo y comerlo sin siquiera quitarle el plumage. En amaneciendo, vide un ave fermosa que posose en proa, mas queriendo salvarla cuasi caigo de bruces enredado en las tales redes de pesca.
Vése multitud de estraños animales, enormes como toninas y con afilados colmillos, que parece la mar estar cuajada dellos. Escoltan la nave y contemplan con mirada desafiánte a los marinos que osan asomarse por la borda, que tal parecen estos animales criaturas intelijentes y con entendimiento de la situación.
Transcurrió la xornada sin más sovresaltos que los haxta aquí relatados, y siendo las ocho y media de la noche el marinero Sebastián de Acatraz y Maslejo, al que apodan “Pepe Petaca”, acodado en la barandilla de proa dixo ver lumbre a lo lejos, a lo que nadie creyó por ser el tal Sebastián aficionado a las bebidas blancas, tal su poco feliz apelativo lo certifica. Sigió afirmando ver lumbre, dando voces de alerta como poseído.
Gritóme: "Almirante, muérame yo fulminado por excelso rayo si aqello que brilla en lontananza no son poblados de salvages de las Indias". Repitiólo el loro en mi hombro, por loqual corrí desde el castillo de popa a empujarlo hacia la mar, no sea que el fulminante rayo dextroze la nave. Mas en llegando pude divisar tras el horizonte un punto de lumbre titilando cual lucero. Abracé al loro como poseído, lo cual ocasionóle un severo ahogamiento del cual lamentáblemente no recuperóse, teniendo yo que arrojarlo a la mar envuelto en el estandarte del Reino de Castilla y Aragón con todos los honores que ha merecer un Vixealmirante.
Entretanto fue creciendo el alboroto en cubierta, hubo quienes quisieron llegar a nado hacia aquél punto de lumbre, lo cuál fué evitado por los feroces animales que acompañaban el derrotero de esta carabela. En queriendo imponer el sosiego, fui elevado en andas por la tripulación y, no me esplico cómo pudieron encerrarme en mi camarote, trabando la puerta con toda clase de lampazos y palos que encontraron, a lo que siguió una algarabía digna de las fiestas de San Fermín. Debí envolver mis oídos con almoadas para poder conciliar descanso.
Lunes primero del mes de octuvre del año de Nuestro Señor Jesuscristo un mil cuatroscientos noventa y dos:
Navegamos camino al güeste a cinco millas por hora. A las cuatro y treintaidós de la madrugada el tal “Pepe Petaca” abre la puerta de mi camarote a la voz de “Tierra, mi Almirante”. En calxoncillos largos y catalejo en mano me precipito a cubierta, y en viendo hacia el horixonte, puedo afirmar que no se trata más que de las Indias revosantes de riquezas y oro, tal y no ótro era el brillo que víamos anoche.
A las cinco y diez y siete de la madrugada puede al fin divisarse una fogata y varios seres que parecen mancebos de buena estatura, mugeres sinuosas con sus criaturas en hombros, todos sin exepción agitándose como en éxtasis místico, y voxes nos llegan de aquellas costas. Ordeno a los arcabuceros cargar sus armas, pero desde que he tenido que lamentar la desapacixión de mi loro, ha menguado grandemente mi autoridad sobre estos hombres. Desoyendo mis voxes de alerta, y famélicos de alimentos y diversiones, deciden éllos mismos arrojase a la serena mar y nadar los metros que nos separan de las Indias, y algunos déllos arrójanse sobre las tales criaturas de colmillos blancos, montándolas como si de corceles se tratase, que al parecer no eran tan ferozes como imaginaba. Llegando a la costa son los marinos convidados con extraños brevages, que pasan de mano en mano servidos en enormes recipientes hechos de los frutos de unos árboles que se encuentran por doquier en estas Indias, cuyo fino tronco remata en la copa con un penacho de enormes hojas.
Bien me alertó mi madre acerca del peligro de hacerme a la mar con jentes de tan baja procedencia, presidiarios con condenas perpétuas y oscuros esclavos libertos. Mejor suerte hubiese tenido de viajar en la Santa María, si no fuera porque mucho temo que junto con la Pinta í la Niña, acaso hayan naufragado entre olas tempestuosas, ya que ha treintaicinco días con sus noches que no hay señales de las antedichas carabelas.
Maldigo a los principes, rei y reina de España, a Don Cristobal Colón, a Don Martín Alonso Pinçón, al ingenioso hidalgo Don Alonso Quijano y a mi alma, por haceptar tamaño desvarío y haxerme a la mar con gentes tan peligroxas. Encomiendo mi alma al altísimo y ruego a todos los santos clemencia para este pobre servidor de vuesas magestades.
Enciérrome en el castillo de popa con varios arcabuces, que un almirante no avandona su nave mientras tenga hálito de vida.
Don Blas Agapito de Malaverga y Montemenor
Foto: los restos de la cuarta Carabela en nuestras costas, el día del hallazgo del cañón de Malaverga, 17/04/10:





